De todas las fuerzas acusadas de homogeneizar la mente moderna, pocas han sido tan continua y severamente criticadas como los grandes medios de difusión. Los intelectuales de los Estados Unidos y de Europa han echado pestes, particularmente contra la Televisión, por unificar el habla, las costumbres y los gustos. La han descrito como un enorme rodillo que aplana nuestras diferencias regionales, que aplasta los últimos vestigios de variedad cultural. Una floreciente industria académica ha formulado acusaciones parecidas contra las revistas y las películas.
Aunque algunas de estas acusaciones son fundadas, olvidan contrapartidas muy importantes que originan diversidad y no standardización. La Televisión, con sus elevados costos de producción y su limitado número de canales, sigue dependiendo necesariamente de públicos muy numerosos. Pero en casi todos los otros medios de comunicación podemos advertir una decreciente confianza en los públicos masivos. El proceso de «segmentación del mercado» funciona en todas partes.
Los aficionados al cine de la pasada generación casi no veían más que películas hechas en Hollywood, encaminadas a captar al que llamaban público de masas.Actualmente, en las ciudades de todo el país, estas películas «principales» son completadas con producciones extranjeras, de arte, de sexo y de toda una serie de películas especializadas y deliberadamente orientadas a la captación de
submercados, como los aficionados al «surf», los motoristas, etcétera. La producción es tan especializada que se pueden encontrar, al menos en Nueva York,locales frecuentados casi exclusivamente por homosexuales que acuden a ver cabriolas de «maricas» filmadas especialmente para ellos.
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