Parece evidente que la fuerza transformadora que conmoverá la familia en los próximos decenios será la nueva tecnología de la generación. La facultad de predeterminar el sexo del hijo, o incluso de «programar» su índice de inteligencia y los rasgos de su personalidad, debe ser considerada como una verdadera posibilidad. Injertos embrionarios, niños cultivados in vitro, posibilidad de tomar una pildora que garantice mellizos o trillizos, o incluso de acudir a un «infantorium»para comprar embriones: todo esto está tan lejos de las anteriores experiencias humanas, que para comprenderlo hay que mirar al futuro más con ojos de poeta o de pintor que con los del sociólogo o del filósofo convencional.
La discusión de estas materias se considera poco científica, o incluso frivola. Sin embargo, los avances de la ciencia y de la tecnología, o, simplemente, de la biología de la reproducción, podría dar al traste, en breve plazo, con todas las ideas ortodoxas sobre la familia y sus responsabilidades. Cuando puedan cultivarse niños en un frasco de laboratorio, ¿qué será de la noción misma de maternidad? ¿Y qué será de la imagen de la mujer en unas sociedades que, desde que el hombre existe, consideraron que su misión primaria es la propagación y la conservación de la especie?Pocos científicos sociales se han preocupado hasta hoy de estas cuestiones. Uno de ellos es el psiquiatra Hyman G. Weitzen (5), director del Servicio Neuropsiquiátrico del «Hospital Policlínico» de Nueva York. El doctor Weitzen declara que el ciclo de la procreación significa, «para la mayoría de las mujeres, la satisfacción de una importante necesidad creadora... La mayoría de las mujeres se sienten orgullosas de su facultad de parir hijos... La aureola especial que glorifica a la mujer encinta ha figurado muchísimo en el arte y en la literatura de Oriente como de Occidente».
(5) Los comentarios de Weitzen son de su artículo The Programmed Child, en Mademoiselle, enero, 1966, págs. 70-71.
¿Qué será del culto a la maternidad —pregunta Weitzen—, si «su retoño puede no ser literalmente suyo, sino de un óvulo genéticamente "superior", trasplantado a su matriz desde la de otra mujer, o incluso desde una redoma de "Petri"»? La importancia de la mujer —sugiere— no dependerá ya de que sólo ella puede parir hijos. En el mejor de los casos, estamos a punto de matar la mística de la
maternidad.
Y no sólo la maternidad, sino también el concepto mismo de paternidad sufrirá, tal vez, una revisión radical. En efecto: quizá no está lejos el día en que un niño pueda tener más de dos padres biológicos. La doctora Beatrice Mintz, biólogo del «Instituto de Estudio del Cáncer», de Filadelfia, ha criado los que empiezan a conocerse por el nombre de «multirratones» (6), ratoncillos cada uno de los cuales tiene un número de padres superior al normal. Se toman embriones de dos ratitas preñadas. Estos embriones se colocan en un frasco de laboratorio y son alimentados hasta que forman una sola masa en crecimiento. Entonces, ésta es introducida en el útero de un tercer ratón hembra. El ratón que nace presenta,ostensiblemente, las características genéticas de ambas estirpes. Así, un multirratón típico, nacido de dos parejas, tiene el bigote y el pelo blanco en un lado de la cara, negros en el otro lado, y rayas blancas y negras en el cuerpo. Unos 700 multirratones criados de este modo han producido ya más de 35.000 retoños. Si se ha creado ya el multirratón, ¿puede estar muy lejos el «multihombre»?
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